LA PIEL, MI COMIENZO

LA PIEL, MI COMIENZO

Mirarse a los ojos sosteniendo la mirada por más de unos segundos, abrazarnos, tocándonos la piel y reconociéndonos en ese precioso contacto...

a piel es sagrada, nos representa, cada marca en ella es una historia, una risa, un amor, un antes y un después...

Así como en la mirada hemos aprendido a reconocer una ventana del alma y nos aventuramos a mirarnos, en la piel - observándola con amor y cuidado - podemos encontrar la bitácora de nuestras vidas, porque nuestra piel devela todo aquello que nos sucede en esta casa transitoria, pero no menos importante, que es nuestro cuerpo.

Somos un todo integrado, somos una totalidad que abarca el cuerpo físico que habitamos, que podemos ver y tocar con otros cuerpos o capas que no se ven, pero que están relacionadas con lo que sentimos, con lo que pensamos y con la posibilidad de conectarnos con todo lo que nos rodea y de esa bella integración somos el resultado.

A veces vamos tan rápido, tenemos tanta hambre de transmitir, que nos olvidamos de esta delicada integración que nos constituye y ponemos nuestra atención, intención y ganas, más en un lado que en otro, olvidando a ratos que es importante cuidarnos, ignorando las señales, perdiendo la conexión que nos brinda el silencio y que es tan necesario para re-encontrarnos en este tránsito hermoso hacia el verdadero camino a casa, ese camino que te hace feliz, ese que es más corto para algunos y más largo para otros…

Nos esforzamos en buscar respuestas afuera; en pedir hasta encontrar; en requerir o a veces hasta reclamar, lo único que nadie más puede darnos, nuestro AMOR, amor a nosotros mismos, ese amor que es uno y que vive contenido y proyectado en la totalidad de lo que somos, ese amor que debemos dejar que fluya en nuestro circuito interno de casas y estadios, entre lo visible y lo invisible, que es producto de conocernos y aceptarnos.

Cuando entramos en contacto con lo que somos, con nuestros límites, accionamos un interruptor interno que nos permite fluir y encontrar un lugar confortable, calentito, donde poder brindarnos ese amor y desde ese lugar poder brindarlo a otros - recibiéndolo también - accionando así otro gran interruptor que permite que los canales del flujo del amor sean permeables desde dentro y hacia fuera, creando entonces un intercambio generoso y mágico de “energía de amor” que entra y sale infinitamente, que nos envuelve y nos hace a todos, partes de una sola piel.

Esta piel, la de nuestro cuerpo físico, la que podemos ver y tocar, es una conjunción de células que en capas rodean nuestra biología. De ese mismo modo, las capas energéticas que también nos constituyen, son nuestras pieles invisibles y una vez que lo pude reconocer y entender, desde lo gráfico, integré esta imagen, comenzando en mí, lo que hoy es un largo pero hermoso camino de vuelta a casa, donde todos los días, aprendo algo nuevo y valioso sobre el amor y donde el desequilibrio en el cuidado de cualquiera de nuestras pieles (visibles e invisibles) tiene como resultado un desequilibrio en el todo. Cuidar la piel entonces, es una forma de bendecir para mí, nuestra imagen e identidad, en quienes nos hemos convertido, porque ella es el reflejo manifiesto de todas las otras pieles energéticas, que marcan la cualidad de la luz que proyectamos.

Aventurarme en el desarrollo de productos para el cuidado de la piel, en mi experiencia ha sido el primer paso en este viaje y no constituye para nada verdades absolutas, es solo un comienzo, un punto de partida que me ha ayudado en lo personal (y por eso amo compartir) a dar el primer paso al amor propio, ese que, en muchas terapias a lo largo de mi vida salió a relucir por exceso o defecto y que hoy aprendo mejor a balancear.

Siento que esta vida, esta hermosa aventura que nos trajo hoy a todos a este punto - a mí y a ustedes - no es casualidad, porque todos estamos aquí para honrar la vida en este eterno viaje de ajustes, de encuentros y despedidas, para siempre volver a re-encontrarnos.

Mi invitación es a no tener miedo de entrar en contacto con nuestro cuerpo, a tocarnos, a ver y palpar las zonas más luminosas y aquellas que quizás no brillan tanto, para amarnos completos y amar bien a otro, entendiendo que todo esto es un proceso y que no va a estar exento de desajustes.

Cuando te re-encuentras, vuelves a accionar los interruptores y sientes nuevamente que estás en casa, habitando tu hogar, ese que no es solo visible o invisible… sino que es TODO y TÚ eres TODO y TODOS SOMOS lo mismo y estamos acá y allá, en TODAS partes, para ser cada día mejores, para amarnos y amar, vibrando en la misma piel.

Cuento para niños, los que viven en nosotros

“Había una vez una niña que bajo el Sol se quedó dormida, silencioso el Sol hizo solo lo que él sabía; ardió dando todo su calor sin ser consciente de que su tarea podría ser dañina, él solo lo hacía.

Al despertar la piel de la niña estaba roja, ardía y ardía y un intenso dolor la cubría, corrió entonces a esconderse para que el Sol no la dañara y se puso a resguardo bajo la Sombra Fría.

Comenzó al rato a sentir un hielo destemplado y sintió que escalofríos la recorrían, esta vez migró hasta el Sol corriendo para estar bajo su abrazo, pensó que esto la calmaría. Así estuvo oscilando buena parte del día, entre cada vez mas cortas estancias al calor del Sol y carreras aliviadas hasta la Sombra Fría... Pero conforme llegaba la noche sintió el cansancio y no entendía. Ella solo quería dormir y ningún mal hacía, ¿por qué entonces el Sol o la Sombra Fría, la dañarían?

Instintivamente en su última carrera llevó sus manos alrededor de su cuerpo, abrazando y tocando su piel ya curtida y encontró en su propio tacto un calor mucho más confortable que el del Sol y aún estando quieta bajo la Sombra Fría y aunque seguía temblando, sabía, que pronto todo terminaría.

Que alegría que en muchos más días, su piel ya no dolería, porque encontró en ella misma, en su abrazo, el lugar donde quedarse disfrutando del Sol y la Sombra Fría, porque ahora ella se cuidaría, porque ya aprendió donde estar y donde volver, si se perdía”.

Ange Lobos Romano


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